El tiempo y la maternidad/paternidad: la mirada Mindfulness

IMAG1164_pek

Cuando mi hija nació, mi compañero de vida y yo decidimos que trataríamos de estar presentes en su vida, de priorizar nuestro tiempo con ella.

La crianza es intensa, sobre todo los dos primeros años y ese acompañamiento desde la presencia soñado en el embarazo se revelaba cómo algo más grande que el mero hecho de estar físicamente. En muchas ocasiones sentía el anhelo de tener tiempo, tiempo para un paseo tranquila, para sentarme a meditar.

Una de los regalos que me trajo la práctica de Mindfulness es darme cuenta de que cualquier instante es una oportunidad para salir del olvido y volver la atención a la experiencia en el momento presente. Cualquier instante es una puerta para tomar refugio en mi isla interior, ese espacio profundo donde, aunque en la superficie todo sea agitado, es posible la quietud, donde me puedo atender a mí misma.

Si prestamos atención nos podemos dar cuenta de que existen muchos momentos para entrar en contacto con la propia respiración y desde ahí, observar todo lo demás, todo lo que acontece, con amabilidad y curiosidad. Hay infinidad de momentos durante el día en los que tenemos que esperar: mientras el ordenador se enciende, cuando espero a que el semáforo se ponga en verde, durante la espera en una cola… Esos momentos son una oportunidad para entrar en sintonía y estar presente con uno mismo. Un tiempo para estar conmigo.

También podemos encontrarnos con nosotros mismos mientras realizamos cualquier actividad: cepillarnos los dientes, comer, vestirnos… Todas esas actividades cotidianas que normalmente pasan desapercibidas y que son una oportunidad para recordar el regalo que es poder realizarlas. Desde ahí, ese anhelo de tiempo que se presenta como un huésped regular durante la maternidad/paternidad, es posible atenderlo con amabilidad.

Un día sentí curiosidad por ir más allá. Inspirada por una lectura de Thich Nath Han, realicé un experimento: en lugar de buscar mi tiempo fuera, encontrarlo dentro mientras acompañaba a mi hija. Recuerdo que habíamos terminado de comer, yo tenía sólo una hora pues después me iba a trabajar y sentía mucho sueño, la mente me pedía un pequeño descanso. Pero en lugar de sentarme en el sofá lo hice sobre la alfombra, donde Maia había sacado ya las piezas de madera y me esperaba para jugar, es decir, me pedía que estuviera presente para ella. Decidí abrirme a la experiencia de jugar, con curiosidad hacia la posibilidad de que mi tiempo para ella fuera también un tiempo para mí misma. Dejé que la atención reposara en la respiración y comencé a tomar piezas de madera, dándome cuenta de su suavidad, de su peso, de sus colores… y poco a poco, volviendo una y otra vez a la respiración cuando venía la sensación de cansancio, me dí cuenta de que estaba jugando por puro disfrute. Creando formas y interaccionando con los muñequitos observaba cómo Maia y yo entrábamos en sintonía, en un mismo tono en el que las dos estábamos relajadas y simplemente siendo. Explorando una escucha abierta, entrenando la aceptación y la amabilidad hacia Maia y hacia mí misma. Sentía todavía cansancio, pero mucho menos que antes, de hecho ese cansancio parecía convertirse en una sensación dulce en la que también podía reposar.

Sigo investigando en esta posibilidad de que el tiempo dedicado a acompañar a Maia sea en realidad un tiempo de calidad para las dos. La clave: reposar la atención en la respiración y, desde ahí, observar todos los fenómenos que aparezcan en este complejo cuerpomente que habito, con amabilidad y apertura. En ese instante, mi tiempo con ella es también un tiempo para mí. En ese instante, las dos tenemos más posibilidades.

 

Compartir:
Facebook
Twitter